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LA IMAGEN NO ES LA COSA

Enrique Lejárraga
23 sept
8 min de lectura

Actualizado: 24 sept


Un niño está con su abuelo delante del enorme esqueleto fosilizado de un dinosaurio.

—¿Esto qué es, abuelo?

—Es el esqueleto de uno de los animales más grandes que existieron hace muchos años.

—¿Y ya no existen?

—No, parece que hubo un enorme cataclismo y murieron todos.

—¿Y por qué hubo un cataclismo?

—Porque el clima cambió en la Tierra de repente.

—¿Y por qué el clima cambió de repente?

—No se sabe muy bien.

—¿Y por qué no se sabe muy bien?

—Porque los que lo han estudiado no han encontrado la causa.

—¿Y por qué no han encontrado la causa?

—¡Porque no!

—¿Y por qué «porque no» es «porque no»?


Ese niño era yo y, además, me dedico a crear imágenes.


LO QUE IMPORTA ES QUIÉN

Es imposible transportar en el tiempo y en el espacio aquello a lo que representa una imagen. Da igual que esté construida con marcas en una piedra, con pigmentos, con bronce, con mármol, con pintura al óleo, con acuarelas, con grafito, con una caja de madera con un orificio por donde entra la luz y se proyecta sobre una placa impregnada con productos químicos que, más adelante, se revela con otros productos químicos; con una cámara de fotos desechable, con una cámara Leica, con un teléfono móvil, con un escáner o con un programa de IA. Da lo mismo, eso no importa. Lo que sí importa no es el cómo, es el quién. Si lo hizo un hombre primitivo hace 70.000 años en Blombos, Sudáfrica; si lo hizo Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, El Greco, Cartier-Bresson, o tú que me estás leyendo.

Al intentar retener una imagen en cualquier tipo de soporte, estamos simulando lo que hace nuestro cerebro cuando los ojos le envían una imagen, no la cosa. La compone, la transforma y la archiva. Pero eso ya no es la cosa.

Y antes incluso de muchas de esas herramientas estaba la voz. Yo te cuento lo que he visto y tú te lo imaginas. Lo cuento alrededor de la hoguera de la tribu y todos se alteran, aunque ellos no lo hayan visto. No puedo llevar hasta allí la cosa. Solo puedo contarla.

Pero tampoco la cuento intacta. La cuento a través de una técnica y después de haberla pasado por el filtro de mis emociones. Ahí está el quién. Dos personas pueden mirar lo mismo, pero nunca pueden ver lo mismo. Eso es lo que nos diferencia a unas personas de otras y lo que hace que cada uno cuente de una manera distinta aquello que ha visto, imaginado o sentido.

Lo hemos hecho siempre. Alrededor de una hoguera, en el teatro griego, en un poema, en una novela o delante de un lienzo. Cambian las formas de contar y cambian las herramientas, pero entre la cosa y quien la recibe siempre hay alguien que la ha mirado primero.

La realidad no se puede duplicar. Hay que describirla, representarla, transformarla. Y en el arte no está la realidad, suponiendo que la realidad exista.


EL ARTE Y SU VALOR

Los que venden el arte han marcado una serie de pautas para favorecer sus ingresos. Si es una pintura original, es única y es ese hecho el que le añade un mayor valor a la transacción, no a la pintura. Un valor que no tiene la venta de una fotografía, de la que no se puede controlar su reproducción y que se puede copiar e imprimir cientos o miles de veces.

Lo primero que ves en una obra de arte no suele ser la firma, es la obra que te conecta, te llama y te acercas. Puede conmoverte, puede darte una bofetada, atraparte, hacerte sonreír, hacerte llorar y todavía no has visto la firma. Cuando la ves, la firma, te desplazas a otra dimensión. Eso que te ha hecho sonreír, conmoverte o llorar además puede ser una inversión. Una caja fuerte donde guardar o esconder tu dinero y que, además, tiene el poder de hacerlo crecer. Lo mismo sucede con un diamante, el oro, etc. Pero el arte es otra cosa, ¿no?

El mercado necesita clasificar. Necesita saber quién hizo una obra, cuántas existen, quién la posee, cuánto cuesta y, si puede ser, cuánto podrá costar mañana. La pieza única encaja perfectamente en ese mecanismo. Una imagen reproducible lo complica. Ya ocurrió con la fotografía y vuelve a ocurrir, de otra manera, con la imagen digital y con la IA.

No creo que toda la desconfianza hacia la IA venga de ahí. Hay preguntas razonables sobre autoría, derechos, aprendizaje de los modelos o sobre lo que estamos dispuestos a llamar arte. Pero también hay una dificultad evidente: en un sistema construido durante siglos alrededor de la obra única, la firma, el original y la posesión, ¿cómo se introduce una herramienta capaz de producir imágenes que no responden de la misma manera a esas reglas?

Y, sin embargo, antes de saber todo eso, antes de preguntar por la firma, por la técnica o por el precio, ya habías mirado la obra. Quizá ya te había ocurrido algo delante de ella. Esa primera relación no la establece el mercado. La estableces tú.


CREANDO IMÁGENES

He pasado una gran parte de mi vida creando y estudiando primero pintura, luego cine y vídeo, imágenes y formas materiales. Esculturas, objetos, cajas/escultura, collages fotográficos digitales, fotografías y, cómo no, al final he llegado hasta la IA o AI, como prefieras y, claro, no he podido resistirme a investigarla y experimentarla desde su creación. Más exactamente, desde su apertura al público en general.

Aunque, pensándolo bien, no he ido dejando unas herramientas para sustituirlas por otras. Las he ido acumulando y sigo utilizándolas. El oficio, para mí, es transmitir sensaciones a través de imágenes o formas. Las herramientas, algunas están en el taller.

Otras no. También trabajo con la memoria, la experiencia, la curiosidad, la imaginación, lo que he aprendido, lo que he olvidado y, naturalmente, con mis emociones. Incluso con aquel niño que seguía preguntando por qué cuando la respuesta ya parecía suficiente para los demás.

Por eso no entiendo demasiado bien la discusión cuando se concentra exclusivamente en la herramienta. Puedo utilizar una cámara, un ordenador, un trozo de madera, pigmentos, una caja, un objetivo macro o un programa de IA. Elegir una herramienta no elimina las demás ni me obliga a renunciar a lo aprendido con ellas. Se van acumulando.

Debo decir que me parece una experiencia nueva, pero en la que utilizo técnicas muy antiguas. Enseguida verás por qué.


UTILIZANDO LA IA

Cuando trabajo con IA no busco necesariamente la inmediatez. Una cosa es la velocidad con la que una herramienta puede producir un resultado y otra muy distinta el tiempo que necesita una obra.

Una cámara puede hacer una fotografía en una milésima de segundo y nadie sensato deduce de ahí que la obra se haya creado en una milésima de segundo. Con la IA ocurre algo parecido. Puede generar una imagen en muy poco tiempo o, a veces, desesperarte con la espera. Otra cuestión es cuánto tiempo necesitas para conseguir la imagen que estabas buscando.

Para mí, muchas veces, trabajar con IA se parece más a dirigir un rodaje. Puedo imaginar un escenario, decidir quién aparece, dónde está la cámara, cómo entra la luz, qué gesto necesito, qué sobra, qué hay que volver a construir y qué no funciona. La IA me permite dirigir, de otra manera, un equipo de rodaje completo.

Y entonces empieza una parte muy antigua del trabajo: elegir. Este personaje sí, este no. La cámara más alta. La luz no funciona. Hay demasiada gente. Esa mano está mal. El decorado distrae. Volvamos atrás. Conserva esto. Quita aquello. Otra vez. A veces la herramienta obedece y otras veces se resiste.

Se atribuye a Miguel Ángel, con distintas formulaciones, la idea de que la figura ya estaba dentro del bloque de mármol y que su trabajo consistía en liberarla. No pretendo comparar una cosa con otra. Me interesa algo mucho más sencillo: la obra puede existir antes como intención, como una imagen que todavía no está ahí, y el trabajo consiste en negociar con una materia o con una herramienta hasta acercarse a ella. El mármol también decía que no. La IA lo dice de otra manera.

No estoy intentando duplicar una realidad. Estoy construyendo una realidad para obtener de ella una imagen que nunca existió como cosa. Y durante el proceso aparecen pruebas, errores, descartes, correcciones y vueltas atrás. La inmediatez puede estar en la herramienta. No tiene por qué estar en el trabajo.


PELÍCULAS DE UN SOLO FOTOGRAMA

Quizá por eso, cuando hago imágenes con IA, siempre aparecen por algún lado mis películas de un solo fotograma. Construyo una situación como si fuera a rodarla, pero al final solo necesito una imagen. Un instante que sugiera que algo ocurrió antes y que algo puede ocurrir después.

Hay un decorado, aunque no exista físicamente. Hay personajes, vestuario, objetos, luz, una posición de cámara, relaciones entre las figuras y una historia que yo conozco aunque el espectador solo vaya a recibir una fracción de ella. Puedo cambiar el reparto, reconstruir una habitación, mover una persona, eliminarla, acercarme, alejarme o decidir que todo lo anterior no sirve y empezar de nuevo. La IA elimina una parte de la logística del rodaje, pero no necesariamente el rodaje mental.

Al final queda un solo fotograma. Todo lo demás —las decisiones, las pruebas, los errores, lo que ocurrió antes y lo que podría ocurrir después— tiene que caber, de alguna manera, dentro de él.


¿Y ENTONCES?

Después de todo esto sigo haciéndome la misma pregunta: ¿dónde están los argumentos que demuestran que la IA no puede ser una herramienta para la creación de una obra de arte?

No estoy hablando de cualquier imagen producida con IA. No hablo de carteles, imágenes para enviar por WhatsApp, imágenes de coña o cualquier otro uso que podamos darle. Estoy hablando de arte.

Y tampoco pregunto si todo lo que se hace con IA es arte. Evidentemente no. Tampoco todo lo que se hace con una cámara es fotografía artística, ni todo lo que se pinta sobre un lienzo es una obra de arte.

Tampoco estoy diciendo que no existan problemas alrededor de la IA. Los hay. Derechos de autor, procedencia de las imágenes utilizadas para entrenarla, intereses económicos, utilización del trabajo de otros, sustitución de determinados trabajos... Todo eso merece discutirse.

Pero convendría discutirlo sin falsas sensibilidades y, sobre todo, con la misma vara de medir que hemos utilizado hasta ahora. Una llave inglesa puede utilizarse para reparar una máquina o para matar a alguien, pero sigue siendo una llave inglesa. Una herramienta no puede ser juzgada por uno de sus posibles usos. El collage lleva más de un siglo apropiándose, recortando y transformando fotografías, periódicos, libros y materiales que no habían sido creados por quien los utilizaba. La cuestión, por tanto, no debería ser qué puede hacerse con una herramienta, sino quién la utiliza, para qué y qué consigue hacer con ella.

El arte ha utilizado, robado, citado, copiado, recortado, transformado, provocado y puesto fuera de contexto prácticamente todo lo que ha encontrado a su paso. Y hemos dedicado más de un siglo a discutir cuándo esa apropiación, esa transformación o esa provocación podían convertirse en una obra.

¿Por qué, cuando aparece la IA, algunas de esas preguntas parecen formularse como si nunca hubieran existido antes?

Pero esa es otra discusión.

Lo que sigo sin encontrar es el argumento que invalida la herramienta para la creación artística.

Si detrás de una obra hay una persona que imagina, elige, descarta, insiste, modifica, construye y finalmente decide; si esa obra ha pasado por su experiencia y por sus emociones; si consigue transmitir algo a otra persona, ¿en qué momento deja de poder ser arte porque una de las herramientas utilizadas ha sido una IA?


Quizá exista una respuesta.

Yo, de momento, sigo preguntando por qué.



 
 
 

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