FotografIA
- Enrique Lejárraga
- 20 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: 5 may
En realidad, ¿qué es una fotografía? En resumidas cuentas, podemos decir que, en su origen, es una imagen creada de forma artificial utilizando la luz: un proceso químico sobre una placa sensible y una caja con un orificio que dirige la luz sobre dicha superficie.
A partir de ahí, la caja ha sufrido diferentes variaciones mecánicas, y el material sensible también, hasta llegar a convertirse en algo tan complejo como una Leica de 35 milímetros o una Hasselblad de formato medio, dos ejemplos de la perfección técnica que ha logrado alcanzar un principio tan simple. Desde ese punto, la evolución ha llegado a las cámaras actuales, con sus sensores, objetivos, motores y estabilizadores, por no hablar de los complejos programas de edición que han sustituido al antiguo laboratorio de revelado.
Dicho esto, ¿podemos realmente afirmar que la actual IA es algo antinatural que reste complejidad o mérito al hecho de hacer una buena fotografía, ya sea con una cámara analógica o digital? Yo, sinceramente, pienso que no. Ya no se trata únicamente de hacer una buena fotografía; se trata de crear una imagen que te atrape y te cuente una historia.
Ninguna creación artística se ha valorado por la técnica o por los medios utilizados para crearla. Nunca. Las obras de arte —desde las pinturas rupestres hasta la fotografía analógica o digital, pasando por los frescos de Miguel Ángel o Leonardo da Vinci— no se han juzgado por los materiales empleados para su realización. ¿Vamos a empezar ahora?
Lo que tienen en común todas las obras de arte es una idea. Todo lo demás es secundario. Una idea que se convierte en imagen, en forma, en vibración, a través de una técnica hecha con elementos del mundo físico. La técnica no crea nada; solo ejecuta. La idea pasa de la mente del autor a un espacio donde el espectador puede percibirla. Ese es el único tránsito que importa.
Lo esencial ocurre antes. Siempre antes. Un sentimiento, un juicio, un pensamiento que nace en una mente y se impone en el mundo físico. Confundir herramienta con creación es un error básico, pero sigue ocurriendo.
Existe, además, una idea simplista que conviene desmontar. Se piensa que trabajar con IA consiste en pedir algo y obtenerlo de inmediato, como si la imagen apareciera sin proceso, sin fricción, sin decisión.
No es así.
Detrás de cada imagen hay tiempo, prueba, error, ajuste y repetición. Hay una construcción progresiva en la que la idea se afina, se corrige y, muchas veces, se transforma. Exactamente igual que en cualquier otra técnica. La herramienta no elimina el trabajo; lo desplaza. A veces lo hace incluso más exigente, porque obliga a pensar con mayor precisión qué se quiere hacer antes de poder conseguirlo.
Hablamos todos los días. Antes directamente, o escribiendo. Ahora con un móvil. El medio ha cambiado; lo que se dice, no. Nadie juzga una conversación por el dispositivo.
¿Por qué seguimos confundiendo la herramienta con la creación?
Porque es más fácil mirar el dedo que enfrentarse a lo que señala.






Comentarios