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Solosjuntos

  • Enrique Lejárraga
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Capítulo de continuidad / Notas para un proyecto

Durante mucho tiempo pensé que fotografiaba calles, personas, sombras, geometrías, silencios o pequeñas escenas sin importancia. Ahora empiezo a sospechar que llevaba años fotografiando algo mucho más difícil de nombrar.

Una forma contemporánea de ausencia.

No ausencia física. La gente sigue ahí. Sentada en bancos, caminando, esperando, mirando el mar, compartiendo jardines, estaciones, túneles o aceras. Y sin embargo algo parece haberse desplazado lentamente hacia otro lugar invisible.

SOLOSJUNTOS.

La palabra apareció casi por accidente, como suelen aparecer las únicas palabras verdaderas. No como un título, sino como la necesidad de nombrar algo que ya existía delante de nosotros desde hace años.


SOLOSJUNTOS: Dicése de las personas solitarias, que sufren la ilusión de estar en compañía de otros a través de instrumentos que aparentemente facilitan o simulan la comunicación.


Quizá el problema no sean los teléfonos. Tampoco la tecnología.

Sería demasiado fácil.

El verdadero problema podría ser algo mucho más silencioso: la desaparición progresiva del espacio interior. El miedo contemporáneo al silencio. La imposibilidad creciente de permanecer unos minutos completamente presentes frente al mundo, frente a los otros o frente a uno mismo.

Curiosamente, muchas de estas fotografías fueron hechas antes incluso de pensar en esta serie. No salí a buscar personas mirando pantallas. Las imágenes ya estaban allí, esperándome desde hacía años dentro de mi propio archivo.

Eso me hizo comprender algo importante: las fotografías también envejecen por dentro. Cambian de significado con el tiempo. Igual que nosotros.

Al revisar antiguas imágenes de calle descubrí algo inquietante. En las más viejas todavía existía cierta espera, cierta contemplación involuntaria, incluso aburrimiento. En las más recientes, las personas parecen habitar pequeños espacios portátiles de aislamiento luminoso.

Y sin embargo estas imágenes no hablan exactamente de incomunicación. Algunas hablan de refugio. Otras de cansancio. Otras de compañía simulada. Incluso de esperanza.

En una de ellas una mujer observa su teléfono mientras unos niños juegan junto al mar. Cerca, un perro vigila atentamente la escena. Tal vez el único ser completamente presente en ese instante sea precisamente el animal.

En otra, una pareja comparte un banco rodeado de vegetación exuberante. Están juntos. Pero también infinitamente lejos.

Quizá por eso decidí introducir las fotografías dentro de un viejo iPhone 4S. No como efecto visual ni como homenaje tecnológico. Al contrario. El teléfono envejecido, amarillento y lleno de pequeñas huellas terminó convirtiéndose en algo parecido a un objeto arqueológico contemporáneo. Una pequeña vitrina portátil donde conservar fragmentos de nuestra manera actual de estar en el mundo.

No me interesa juzgar a nadie. Yo también pertenezco a esta época.

Además, sospecho que las mejores imágenes no nacen del juicio, sino de la observación.

Con los años he comprendido que crear no consiste únicamente en producir cosas. También consiste en intentar entender algo. Aunque nunca termine de entenderse del todo.

Quizá por eso sigo fotografiando.

Porque todavía creo que existen momentos —cada vez más escasos— en los que el mundo se detiene unos segundos y algo aparece. No como una idea. No como una explicación. Más bien como una forma de presencia.

Algo parecido a lo que sentía aquel niño sentado en el barro intentando modelar una pequeña figura con las manos mientras escuchaba el sonido de un hilo de agua cayendo lentamente sobre la tierra.

Tal vez todo empezó allí.

Y tal vez, en el fondo, todo esto siga tratando de lo mismo.

 
 
 

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